El elixir de amor, crítica completa

Adjudicarle a la ópera todavía cierta connotación de linaje real, de gente “bian” sólo porque nació en la corte florentina es una falacia. Basta con hacer historia para descubrir que su mayor desarrollo y plenitud está en el pueblo. Con algo más de cuatrocientos años de historia, esta obra teatral íntegramente cantada se ofrece al gran público que en Mendoza agradece cada nueva puesta. Así lo confirmó El elixir de amor con cinco funciones programadas en el Teatro Independencia. Hoy, vamos a estar contando esta dimensión social que tiene la ópera. Y para desmitificar el divismo que envuelve a sus protagonistas conocemos a Griselda López Zalba, una soprano tan terrenal como usted o como yo.

El elixir de amor, ópera bufa en dos actos encontró en el regisseur Boris Laures y en el director de arte Federico Ortega Oliveras dos socios perfectos para su representación. Vayamos analizando: el preludio requiere de una atmósfera bucólica y amorosa que dé pie al melodrama. Ese ambiente de campiña se logró desde la escenografía de Claudio Di Lello y Eric Moreno con tonos pasteles para la fachada de la casa, apenas un arbolito estilizado de copa esponjosa como las nubes, una rampa que marca planos y da movimiento y un telón pintado con un cielo infinito.
Por ese paisaje a fines del siglo XVIII pasea Adina (Griselda López Zalba). Va leyendo entre los lugareños, acá una población populosa –aunque suene redundante- es que así se vio sobre el escenario. Porque para representar al pueblo convocaron a dos grandes coros: el de Egresados del Martín Zapata y el Coro Esloveno de Mendoza. Además de catorce actores para guiar escenas histriónicas.

Entonces, por momentos hubo más de cincuenta personas sobre el escenario cada uno realizando pequeñas acciones soplando pompas de jabón; llevando pan; conversando acaloradamente; transportando frutos; limpiando armas, etc. Se los veía apiñados en un cuadro más propio de una vendimia que de esta ópera.
Para el rol de la madre de Adina, fue convocada Gladys Ravalle, ícono de la actriz mendocina, un pintoresquismo que desaprovechó su participación.

En cambio, un pequeño bocadillo del director de la Orquesta Filarmónica de Mendoza, César Iván Lara Pinto tuvo su efecto. Fue cuando en un paso de comedia le solicitó desde el foso a Adina que cantase.
El personaje más asentado que no desperdició ni un segundo de sus apariciones fue Belcore, interpretado por el barítono Fernando Lazari. Solvente en el canto del aria que le reserva el libreto de Felice Romani y ganando antipatía en el dúo con Nemorino.

Nemorino que es el pretendiente desesperado, fue el tenor Mariano Leotta, quien se mantuvo bajo las normas de la corrección pero no conmovió con el “hit” más esperado, el momento de una lágrima furtiva. Inclusive, ahora que recuerdo, el volumen en general, al menos desde el palco bajo, se escuchaba apagado sin proyección.
Con sus bemoles, el elixir ganó también cuando Dulcamara, el experto Luis Gaeta, confesó para la platea que la pócima era un malbec. Ese guiño fue apreciado por los mendocinos ya que es nuestra bebida emblemática. El texto original dice que es un vino de Bordeaux.

En cambio, hubo otra salida del libreto que no se ajustó ni al momento de lo que se estaba narrando ni a ese final del siglo XVIII donde nos habían situado. Se trata del diálogo que mantienen Adina con Nemorino mientras ella desenrolla el contrato por el que el joven vende su libertad al ejército.

En un mensaje literario para la platea se lee en castellano un texto firmado por Eduardo Galeano que dice “Entre la dignidad y el desprecio andan zumbando las balas”.

Sin ovación, pero con los ecos de una agradable postal, El élixir de amor logró su cometido de acercar al gran público a este arte total./S.L.

Ficha Técnica

Puesta en escena: Boris Laures

Dirección artística: Federico Ortega Oliveras

Dirección musical Orquesta Filarmónica: César Iván Lara Pinto

Dirección de Coro de Egresados Martín Zapata y Coro Esloveno de Mendoza, Diego Bosquet

Protagonistas: Griselda López Zalba; Mariano Leotta; Fernando Lazari; Luis Gaetta y Mariel Santos

Participación especial: Gladys Ravalle

Escenografía: Claudio Di Lello y Eric Moreno

Diseño y realización de vestuario: Joana Ortega; Dante Quevedo y Stella Fernández