Los invertidos, crítica completa

Atrevido, Guillermo Troncoso recupera con Los invertidos una obra escrita a principios del ’20. Un texto de José González Castillo que ya entonces planteaba el tema de la doble moral en una sociedad porteña con diferencias de clase bien marcadas y para nada “open mind”. O si en tal caso tenía cierta apertura de ideas venía de parte de un sector minoritario, clandestino y reprobado.

La obra reúne a diez intérpretes que llegan desde muy distintos puertos: Celeste Álvarez; Agustín Díaz; Fabricio Mattioli; Víctor Arrojo; Marcelo Díaz Diana Wol; Álvaro Benavente; Fernando Echenique; Federico Castro y Exequiel Lesta.

Todos en una amalgama lograda desde la dirección. Es una amalgama porque cada uno en su personaje, trabaja aliado en favor de la intriga. Una intriga que además de estar lúcidamente sellada en la dramaturgia, se resuelve en la escena con ritmo.

En el tiempo del ritmo los instantes no son todos iguales, están jerarquizados por el intérprete que está ahí, viviendo un presente que es consecuencia de un pasado. Pero que está muy atento al futuro, osea al devenir de la trama.

En este sentido, tanto Fernando Echenique (en el papel de Flores) y Marcelo Díaz (como Pérez) manejan los momentos de tensión con pausas justas. Una observación es que no hace falta que corran el texto. Las palabras son tan significativas y pintan tan bien ese momento de la sociedad que –como público- vale la pena escucharlas a todas y cada una.

Respecto del vocabulario lo aprovechan muy bien en el tono Diana Wol interpretando a la sirvienta Patrona, porque esquiva el estereotipo. En la procedencia de casta, como la Juanita, Agustín Díaz, cuando revela que parece “una china endomingada”. Y en los matices melodramáticos, Celeste Álvarez, como Clara la esposa.

Vuelvo a Flores y Pérez. Ambos participan de la clase alta y comulgan con el burdel de homosexuales. Se me acaba de ocurrir una imagen deportiva. Los dos juegan retrasados, observando en perspectiva, hábiles para pasar la pelota que quien tenga más chance para anotar a favor del equipo. Dos bases notables si se tratase de un partido de básquet.

Otro jugador que conoce muy bien la cancha es Víctor Arrojo, acá como Benito un ordenanza- secretario- mayordomo, que respeta al pie de la letra “la consigna”. No importa de qué lado venga.

Y si tuve esa imagen de partido es porque el dispositivo escénico nos hace partícipes de una contienda librada a dos puntas: los que sostienen la hipocresía a cualquier precio en una casa “bien”; y los de baja calaña que entre brillantinas y plumas se prostituyen pintorescamente.

El vestuario de Ricardo Tello, contribuye en esta pintura de época, en cambio la escenografía de Rodolfo Carmona, distancia respecto de los materiales usados en la puesta “realista”. Por ejemplo, desentona la biblioteca rústica para una casa tan refinada.

Intencional, el director nos coloca a escasos centímetros de los personajes obligándonos a girar la cabeza de un lateral al otro (momentos capciosos para debatirnos de qué lado estamos) al mismo tiempo espejados con la otra tribuna de espectadores que también se debate como nosotros estas “moralidades”.

Y si acaso podemos sacar una conclusión, no sería muy distinta a la letra de cambalache. En el siglo XX y en el XXI también, “vivimos revolcaos en un merengue, y en el mismo lodo, todos manoseaos”./S.L.

Ficha Técnica

Dirección y puesta en escena: Guillermo Troncoso

Autor: José González Castillo

Intérpretes: Celeste Álvarez; Agustín Díaz; Fabricio Mattioli; Víctor Arrojo; Marcelo Díaz; Diana Wol; Álvaro Benavente; Fernando Echenique; Federico Castro y Exequiel Lesta

Vestuario: Ricardo Tello

Escenografía: Rodolfo Carmona

Asistencia de dirección y producción: Dino Cortéz

Asistencia de escenas: Juan López